abril 13, 2014

Bla, bla, bla


Me mudé a Bs. As. y, por esas cosas de la vida y la economía terminé viviendo en una residencia donde la mayoría son extranjeros.
Cuando entré a lo que en adelante sería mi casa había post-it pegados por todos lados; "janela/ventana","cocina/cozinha", "heladera/geladeira". Cada uno ubicado en el lugar u objeto al que hacían referencia.
Claramente, compartiría espacio con una chica brasilera.
En el transcurso de cuarenta y ocho horas los hice desaparecer porque me sentía parte de la película Memento o en una de esas casas donde alguien se recuperó de un ACV y tiene que aprender nuevamente el significado de las cosas.

En un principio, las conversaciones transcurrían en cámara lenta: yo hablaba más despacio, modulaba lo mejor posible y evitaba palabras de lunfardo (o de cancha). Normalmente, después de decir "agarrá el sartén" tenía que levantarme o abandonar lo que estaba haciendo y mostrar cuál era el sartén, sin omitir el correspondiente deletreo de la palabra.
Yo, que aprendí portugués gracias a la televisión (innecesario decir que fue con Xuxa), supe solucionar bastante los inconvenientes de comunicación. No obstante, me fui haciendo de un par de palabritas nuevas en portugués que no sé si algún día me servirán de algo, pero el intercambio fue divertido.

Luego de seis meses viviendo juntas, Elaine y yo, hablamos más rápido y en un castellano bastante argentinizado con apenas toquecitos de portugués. Hasta mira la novela conmigo (aunque seguramente entienda el 50% de los diálogos pero hace el esfuerzo) y siempre concluye que las ficción argentina es una porquería.

Ayer salimos juntas de compras, y viví claramente cómo la necesidad te lleva a que te hagas entender. Yo prácticamente no hablé, salvo cuando fue estrictamente necesario.
Ella me entiende a mí, y yo la entiendo a ella. Hoy nos comunicamos, nos entendemos y hasta nos hicimos amigas.

Me comunico con una amiga a pesar de las dificultades idiomáticas y, sin embargo, con mucha gente con la que hablamos el mismo idioma se hace sumamente complicado.
Porque nos acostumbramos al lenguaje corporal y pretendemos que se entienda; porque vivimos del "dar entender"; porque creemos que todo se infiere de la manera que corresponde. 
Y no.

Y así, hacemos silencio cuando es necesario comunicarnos, o nos reprimimos las demostraciones de afecto, y/ o los pedidos de ayuda. 
El otro no piensa, ni siente ni entiende como lo hacemos nosotros. Creo que vivimos pensando que somos claros, transparentes, evidentes o algo de eso, y cargamos con malentendidos y silencios durante tiempo. Aún peor, le cargamos las culpas al otro porque no nos entiende o no nos pide disculpas.
El otro no entiende o no se disculpa porque no sabe, porque no tiene modo de saber si no le decimos lo que nos pasa. 

Las peores distancias se generan a partir del desentendimiento.

Vení, decime que estuve mal, que estás enojado, que necesitás que aparezca. Que me necesitas. O que dejaste de necesitarme.
Pero decime, porque soy bruja, pero no siempre se me da bien esto de adivinar.

1 comentario:

Manejo mejor las críticas que los halagos, pero vos sos dueño de decir lo que quieras. Incluso, es muy sabio no decir nada.