septiembre 14, 2013

Reloj, no marques las horas

Cuando tendría aproximadamente seis años (capaz que tenía ocho; a la distancia se me desdibujan los números) un día me puse a conversar con mi mamá respecto de a qué edad se había casado y cuántos años tenía ella cuando yo nací. (Seguramente tenía seis años, sí, porque de ser mayor hubiese hecho el cálculo de su edad menos la mía). 
«Me casé a los treinta y vos naciste dos años después».
En ese momento me pareció que había hecho todo muy tarde. Ella hizo una fundamentación muy convincente sobre que, al momento de casarse, ya había vivido y disfrutado todas esas cosas que uno hace cuando es soltero; omitió contarme que se emborrachó y quiso pasar por un espejo convencida de que era una ventana porque los padres no deben decir esas cosas al niño en la etapa de formación, estimo. 
Hasta que llegué a la adolescencia hablamos sobre este tema más de una vez (se ve que de chica tuve una racha Susanita o me regalaban muchos bebés para los cumpleaños). En algún momento, le dije con firmeza: ¡Yo no me voy a casar a los treinta, voy a ser muy vieja! Me voy a casar a los 24 y a los 26 tendré mi primer hijo.
Sostuve ese pensamiento durante muchos años, quizás hasta que me peleé con mi primer novio. Por suerte, nunca tuve esos momentos de delirios adolescentes en que se sueña la casa, los chicos y el perro con amores efímeros. Bah, nunca tuve amores efímeros adolescentes porque los diez kilos de más no me permitían calificar entre las chicas más lindas de mi época. Más adelante, cuando tuve amores sólidos, tampoco soñé con eso.    
A medida que fui creciendo los treinta no estaban tan lejos y la fundamentación de disfrutar un montón de cosas pre matrimonio de mi madre cobraba más sentido (y la omisión alcohólica no evitó que yo haya acumulados litros y años de bebida, obviamente) y me parecía fundamental priorizar la facultad, los amigos y otras yerbas individualistas. 
Dentro de poco cumplo treinta y tres años y no, no tengo hijos ni me casé (tampoco me recibí pero esa es harina de otro costal). 
Con tres décadas cumplidas más de una vez he dicho, entre risas, que a mí la maternidad no va a tocarme; también dije alguna vez —y aún lo sostengo— que no quisiera pasar por este mundo sin tener un hijo, que sentiría que me queda algo pendiente.
Hoy pienso en la maternidad de otra forma. A veces creo que la maternidad efectivamente no va a tocarme. No es un dato menor que para alcanzarla me está faltando el hombre y la historia de amor y que no por ello sería capaz de tener un hijo con el primer boludo que pase.
No sé si exista el reloj biológico y, en caso afirmativo, sea el que me lleve a pensar este tipo de cosas. Supongo que el entorno que me ha dado tantos sobrinos debe ser, también, un condicionante. 
Sé cambiar pañales, distingo los distintos tipos de llanto, reconozco eruptivas, preparé cientos de mamaderas pero no sé cómo es la conexión madre-hijo. 
Hoy pienso en la maternidad de otra forma, y se me desdibuja. No obstante, mi pensamiento indudablemente hormonal no me frustra porque soy, ante todo, una mujer que cree que sucederá el milagro (el del hombre y la historia de amor, digo).
Como pienso una cosa, pienso la otra, y en mis momentos de coherencia me doy cuenta de que me quedan varios años de fertilidad y que tengo un montón de tiempo.
Quizás, lo desdibujado sea la historia de amor. 
Quizás esta sea la crisis de los treinta tardía. 
Quizás sea más temprano que tarde para ponerme a pensar en ser madre.
Quizás, y seguramente, mañana me dé cuenta que pienso pavadas.


















Mientras tanto, denme sobrinos que malcriar 
y vayan haciéndose a la idea de que el día de mañana recibirán llamados míos
de madre ansiosa y molesta a las cuatro de la mañana.

4 comentarios:

  1. Muchas pensamos en esto sobre esta edad. Incluso llegamos a creer que no va a pasar porque los años se van escapando uno a uno y la cuestión "hombres" se pone difícil.
    Por suerte las edades se corrieron, los 30 son los nuevos 25. El punto sea quizá poder realmente aprovechar la soltería. Hacer de verdad todo eso que se supone que podemos hacer.

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  2. Esperare ansiosa esos llamados...ahora por este lado no mas sobrinas, espero te alcance con las tres que te di.....

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  3. Tengo mucha bronca, entonces escribo y borro comentarios.
    Te voy a resumir: el hombre y la historia de amor, si lo pensás bien, ya lo tuviste. La cosa es saber elegir al que te puede dar más que una historia de amor: un futuro de familia. Y cuando eso pasa mhija, todo lo demás viene solo.(y mirá quién te lo dice eh...)

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  4. Me quedé con ganas de escuchar mejor lo del espejo. Todas tenemos madera de madre, es como nuestra bendita maldición.

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Manejo mejor las críticas que los halagos, pero vos sos dueño de decir lo que quieras. Incluso, es muy sabio no decir nada.