marzo 23, 2012

Invito yo

Como cada viernes, Sofía terminaba tardísimo en su estudio. Un poco porque amaba la abogacía, y otro tanto por su obsesión de acomodar todo antes del fin de semana y comenzar los lunes lo más organizada posible.
Hace poco más de tres meses que al salir del trabajo hacía un alto casi obligado por el bar en la esquina de Irigoyen al 3000. Le gustaba el espacio reducido pero a la vez anónimo del lugar: luces tenues, mesas altas con un estilo retro y música suave que no perturbaba.
Siempre elegía alguna mesa de una especie de galería lateral con detalles de diseño portugués.
Martín, el mozo, ya sabía que Sofía ordenaba dos pintas de cerveza negra espumosa; algunas veces tres, dependiendo de lo que demorara su escritura.
Ese día estaba un poco dispersa y no sacó su cuaderno inmediatamente, disfrutó mirando por la ventana mientras bebía despacio para desconectarse de la vorágine semanal.

—Martín, traeme otra pinta. Cambiemos, que sea la cerveza rubia, esa que es más fuerte.

Sacó su cuaderno y empezó a hacer líneas en los márgenes mientras esperaba su copa. Decena de hojas con cuentos y relatos que jamás había mostrado a nadie; escribía para escapar de su uniforme de abogada, sin intenciones de publicarlos jamás.
Sus relatos eran en primera persona y sin nombre propio, como una forma de soñar que era la protagonista de la historia. De sus miles de historias y viajes en papel.
Siguió el ritual de siempre: prendió un cigarrillo, exhaló el humo eliminando su forma humana, tomó la lapicera y se transformó en superhéroe.


       Es un día tranquilo en la oficina y aprovecho la hora del almuerzo para salir a fumar al patio de atrás. Siempre quise tener un patio así en casa, con un banco de plaza original y algunas plantas con flores. Tal vez algún día lo concrete.
Acá nos juntamos todos los «adictos», dice mi jefe. Para suerte o para desgracia, cada vez somos menos. Tres: Pablo, el contador; Mariano, de recursos humanos, y yo. Coincidimos casi todos los días así que terminamos haciéndonos amigos.
Mariano nos cuenta que sus días en soledad están por terminar porque su primo del norte se muda mañana a la ciudad, a su departamento.
Independientemente de que la idea no le fascina tiene ganas de prepararle una bienvenida, algo así como un bautismo.
Los ojos pícaros de Pablo nos decían que tenía algo en mente. No se contuvo, y a los pocos segundos sugirió:

—Armale una linda cena y llevale una prostituta. Eso es un bautismo.
—Sí, y capaz que con un poco de suerte se asusta y vuelve a vivir con mi tía— sentenció Mariano.

Todos reímos imaginando distintas situaciones ante el «bautismo» de Julián.
La hora del almuerzo terminó y cada cual volvió a su puesto. Dentro del edificio ya no nos cruzábamos porque nuestras oficinas estaban muy separadas.
Hice las tres o cuatro llamadas que tenía marcadas en la agenda, acomodé las carpetas del mes anterior mientras mi mente se había quedado pensando en la bienvenida para el primo de Mariano.

—En otra vida quizás sea prostituta— pensé.

La aguja se movió lento hasta marcar a las seis de la tarde, pero por suerte pude salir a horario y con mi sueldo dispuesto a esfumarse en poco tiempo. Fui a pagar todas mis deudas y me acerqué hasta el centro para regalarme algo.
Lencería, siempre compro lencería aunque no la necesito. Lencería y zapatos.
Soy clásica, generalmente compro ropa interior de la misma marca y sin demasiados detalles.
Tal vez la conversación de hoy me llevó a transgredir y me dejé llevar por el encaje y los detalles de puntilla.
Llegué a casa a tiempo para llamar al delivery y ordenar un poco mi casa.
Miré las bolsas con las compras. A veces me sorprendo de mí misma: cinco conjuntos de ropa interior especiales para una noche de bodas.

«En otra vida quizás sea prostituta.»
—En otra vida… o en esta.

La una de la tarde. Hora de mi cigarrillo estratégico.
Mariano y Pablo hablaban seriamente de fútbol; esperé el momento para terminar con ese debate y retomé la conversación del día anterior.
Me ocupé de convencer a Mariano que esta noche dejara a Julián solo en el departamento, y que debía conseguir una prostituta cara y prestigiosa.

—Dejá, Mariano, yo me ocupo. El novio de mi hermana es seguridad del mejor Club de Pole Dance, yo hablo con él. Hoy a las once de la noche la chica va a estar en la puerta de tu casa, escapate antes.

Era una locura que mintiera con tanta naturalidad, y muy coherente si lograba que Mariano y Pablo no lo descubrieran.
El camino hasta casa hoy será agitado. En tres horas tengo que acomodar todo para ser la mujer más cara de la ciudad.
Un buen baño. Lencería. Vestido negro. Botas altas. Ah, y un vino.

Mi reloj marca la hora veintidós y ya me encuentro a dos cuadras de la casa. Cuando vea a Mariano salir empieza mi cuenta regresiva. Mientras espero me pregunto si no estoy totalmente loca y que sería mejor parar un taxi que me lleve a casa… sin embargo, no pierdo nada. Nadie lo va a saber.

Mariano salió, quince minutos para las once, tal cual yo se lo había pedido.
Llegó la hora. Juguemos. Botella en mano toqué el timbre, lo escuché sonar y pensé «Acción».
Disimulé mi cara de ternura cuando vi la inocencia de sus ojos al abrir la puerta.

—Hola, me dijo Mariano que te trajera este vino.

Julián me hizo pasar, con total desconcierto. Mariano había ordenado la casa como nunca antes: la mesa, que generalmente tenía papeles, estaba preparada para dos comensales e iluminada con luz suave. Todo ayudaba a mi personaje.
Luego de varios minutos de tenso silencio, tomé la iniciativa:

—Yo soy tu regalo de bienvenida así que podrías abrir el vino y servir la comida.

Julián levantó las cejas sin emitir sonido.

—Soy tu bautismo, esta noche soy «tu puta».
—No te entiendo, pero... —titubeó, él.
—Callate y no pienses tanto.

Durante la comida hablamos de pavadas. Yo intentaba que se relajase para contagiarme ese estado. 

No sé cuándo ni de qué manera, pero me vi de pie, el vestido a la altura de mis botas y la ropa interior más externa que nunca. Julián me tomó del cabello, mi espalda se arqueó al sentir la fría pared y sentí sus ganas en la humedad del beso. En medio de mis pechos sentía sus palpitaciones. Recorría mi cuerpo como un mapa, buscando con sus manos varios destinos. El encaje negro ganaba protagonismo a medida que sus dedos le daban sentido.
Cerré los ojos para sentir el calor de su respiración y dejarme llevar por la fricción de nuestra piel. Sacó mis botas y sentí su lengua recorrer mis piernas; los gemidos anularon cualquier pensamiento. Sus dientes rozaron levemente mi pelvis mientras los detalles de encaje negro llegaban hasta el piso. Me exploraba con sus labios, su lengua y sus manos hirviendo. Serpenteábamos. La respiración se entrecortaba. Me besó mirándome a los ojos y respiró; mi dedo sobre su boca impidió que hablara. Mi boca en su cuello. Mi lengua en su pecho. Mi saliva y su sudor.
Tomó con firmeza mi cintura y nos dejamos caer sobre el sillón. Mis pies reposaban sobre su espalda mientras su lengua jugaba en círculos. Me dominaba, no podía tocarlo pero sentía su deseo. Tomó mis manos, ató mis muñecas  y se colocó encima de mí.
Él quería ser dueño y el temblor de mis piernas suplicaba que lo hiciera.
Me sujetó con violencia y sus manos quemaron mis caderas; ese dolor me daba placer.
Me invadió furiosamente mientras sus manos presionaban mis pechos. Mis uñas en su espalda asentían. Nos consumíamos entre la arritmia de los gemidos cómplices.
Irguió mi espalda y dancé mirándolo a los ojos. Nos fusionamos hasta morir en un estallido. El mundo se detuvo y volvió el silencio. Respiramos.

Tardé cinco minutos en recuperar mi ropa, me vestí lo más rápido posible. Mi servicio ya estaba cumplido. Él permanecía casi inconsciente en el sillón.
Cuando estaba llegando a la puerta, me dijo:

—¿Te debo algo?
—No me debés nada, yo te invito — dije, y me fui.


Esa noche Sofía bebió una cerveza más de lo previsto, miró la hora y su asombro la encontró en la madrugada. Cerró el cuaderno con la sonrisa de haber viajado en una nueva historia.
Llamó al mozo y pidió la cuenta.

—La mesa ya está paga, Sofi. Hace media hora la pagó un hombre; se fue, pero te dejó este papel:

«Hoy invito yo. Julián»

22 comentarios:

  1. buenísimo, Mar, me gustó mucho

    un abrazo

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  2. Genial, posta, me gustó y mucho.

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  3. Brillante, fue como estar ahí, gracias por el viaje. @siemprevoysolo

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  4. Me encantó el final. Exquisito. ¿Y Mariano? Seguro solo fue a buscar algo para él. Típico.

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  5. Me pregunto como hizo el papel donde lo escribiste para no arder. Cálido y sensual, genial.

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  6. impresionante!! quizas algun dia...

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  7. Terrible ! muy bueno...quién pudiera

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  8. Gracias por ponerle una sonrisa a mi domingo.

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  9. Simplemente excelente, Mar.

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  10. ok, estoy oficialmente exitada!!

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  11. Me encanto,lo crei,lo vivi,lo senti.

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  12. Hola Mar, las circunstancias de bares a veces hacen que lo escrito en cuentos suceda en las mesas. Escribir es vestir personajes y desnudarse uno y en ese transformarse en lo que no somos, vestirnos con los atuendos mas sinceros, en el borde de una mesa. Ya sea el encaje que encaja o el papel que empapela, tu escritura devela que hay vidas que no han sido vestidas, porque desnuda lo que no se revela. La invitación es boton mal cerrado a cualquier fantasía. Como todo relato fantástico, es implacable, pues como dice Cortázar, explicar lo fantástico es hacerlo real. Esto es real sin dejar de ser fantástico.
    Gracias por la escritura.
    saludos
    Luciano Arrabal

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  13. Cuesta mucho decir algo de un texto sobrino. Por lo querido.
    Una vez no sé si acá o allá o en qué lugar me pusiste una estrellita en una sentencia que tiré al TL, escritor es el que escribe de la muerte y del sexo y no pierde la perspectiva,la serenidad ni la elegancia. Vos, por ejemplo acá.
    Te quiero Mar.
    Eso también cuenta.

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  14. Pensé en contestar los comentarios uno por uno pero unifico aquí un «GRACIAS» extensivo a todos.
    A los que leen, los que se animan y comentan; los que siempre vuelven.
    Gracias a mis espaditas queridas: Lore, Noe y Sil, por estar en la cocina de la escritura, como amigas además de correctoras.
    Gracias a Mariana por entrar a esa cocina de vez en cuando.
    Y un gracias especial, por tomarse el tiempo de leer y corregirme este texto, a @Loulourevisited y @eltimes.

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  15. Hola Mar
    Otra vez lograste que haga un cometario, vas 2 a 0 contra el resto del mundo.

    ME ENCANTO! Todos tenemos un poco de Sofia y otro poco de su protagonista, a veces queremos tenes la valentia de ser quien soñamos y otras veces la cobardia y los prejuicios (propios y ajenos) nos ganan de mano.

    Te desafio a que me sigas sorprendiendo con tus letras. Mientras tanto, con café en mano, pasaré por acá cada vez que pueda a dejar volar mi imaginación y sentirme la protagonista de tus historias.

    Besos, muchos y de corazón. Sabes que te tengo un gran cariño.
    @NadieMeLee

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    1. Esa deferencia de tu parte logró que seas el único que responda (o al menos, el primero).
      A veces uno logra empatía con lo que lee, a veces también con las personas que están detrás del texto. Qué bueno que esta empatía que siento por vos sea recíproca.

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  16. Yo también sueño con ser Sofía. Exquisito.

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  17. Porque después de todo he comprobado
    que no se goza bien de lo gozado
    sino después de haberlo padecido.

    Fernando

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Manejo mejor las críticas que los halagos, pero vos sos dueño de decir lo que quieras. Incluso, es muy sabio no decir nada.